lunes, 6 de septiembre de 2010

grupos anti-inmigrantes

La ideologia anti-inmigrantes Miami - El 6 de agosto de 1890, William Kemmler, un inmigrante alemán, fue el primero en estrenar la silla eléctrica en la prisión de Auburn en Nueva York. Un inmigrante tunecino residente en Francia fue el último en padecer la guillotina en 1977.Los inmigrantes jamás han sido ‘the cup of tea’ de las sociedades que con escaso tino y justicia suelen ser llamadas ‘de acogida’. El historiador estadounidense Arthur Meier Schlesinger sostuvo que en los Estados Unidos los hombres de más antiguo linaje colonial vieron a los recién llegados con una especie de alarma que activó cada nueva generación. Los inmigrantes caucásicos -los rubios de ojos azules de las zonas más occidentales de Europa- no han sido la excepción. También suscitaron temor y desprecio. Benjamín Franklin escribió que los inmigrantes alemanes derramados sobre Pennsylvania eran generalmente los más estúpidos de su propia nación: no estando habituados a la libertad, ignoran cómo hacer un recatado uso de la misma.Según Schlesinger, las objeciones más manidas contra la inmigración, las que apelan a la no asimilabilidad, al pauperismo y a la criminalidad, se originaron durante esos tempranos años, dejando para los años posteriores, aún más congestionados de inmigrantes, el desarrollo de argumentos derivados del miedo a la competencia económica.Muros, control, persecuciónCuando el terror y el rechazo ante los inmigrantes brotan con renovados bríos, se multiplican las políticas, los mecanismos, los discursos y los recursos para controlar, expulsar y criminalizar. Construir un enemigo aglutina y forma parte de la estrategia demagógica de los partidos de derecha para cosechar votos. George W. Bush construyó un enemigo afuera -los musulmanes- y un enemigo adentro: los inmigrantes. La tensión es evidente: los políticos quieren rechazarlos, los empresarios necesitan contratarlos. La contradicción es aparente y se disuelve mostrando que el costo de la mano de obra es inversamente proporcional a la cantidad y efectividad de las medidas que restringen el ingreso de inmigrantes. Es decir, que “a mayor irregularidad, mayor rentabilidad”. Las medidas restrictivas redistribuyen los costos de la presencia de los inmigrantes: los contribuyentes financian la construcción de la irregularidad y los empresarios la capitalizan.Para engrasar este lucrativo sistema -máquina que produce votos y dólares- en los últimos seis meses se han dado pasos que expresan hasta qué punto ha subido la temperatura de las políticas hacia los inmigrantes. El 16 de diciembre de 2005 la Cámara de Representantes de Estados Unidos aprobó el proyecto de ley HR 4437 (Ley de 2005 para la Protección Fronteriza, Antiterrorismo y Control de la Inmigración Ilegal), mejor conocida como Ley Sensenbrenner, por su promotor, el representante republicano de Wisconsin, James Sensenbrenner. Entre otras cosas, este proyecto propone la construcción de un muro de 1,120 kilómetros a lo largo de la frontera de Estados Unidos con México en los puntos con mayor cruce de inmigrantes indocumentados; la entrega al gobierno federal en custodia de los ‘illegal aliens’ -extranjeros ilegales- detenidos por autoridades locales, para evitar que sean liberados sin ser procesados por carencia de recursos; la obligación de los empleadores de verificar el estatus legal de sus trabajadores a través de medios electrónicos; el envío al Congreso de informes que aseguren que esas verificaciones están siendo realizadas; la eliminación de las concesiones al gobierno federal o a los gobiernos estatales y locales para aplicar una política de ‘santuario’ -ciudades como Chicago o New York han tenido este tipo de políticas, que hacen caso omiso de disposiciones restrictivas-; la incorporación de las comunicaciones satelitales entre oficiales de inmigración.La Ley requiere que todos los uniformes de las patrullas fronterizas sean hechos en Estados Unidos para evitar falsificaciones; requiere que el Departamento de Seguridad Nacional (Department of Homeland Security (DHS)) reporte al Congreso el número de OTMs -Other Than Mexicans, los no mexicanos- aprehendidos y deportados y el número de quienes provienen de países que promueven el terror; obliga a todos los indocumentados a pagar, antes de su deportación, 3 mil dólares si están de acuerdo en salir voluntariamente, pero no se adhieren a los términos del acuerdo; establece un período de gracia de 60 días para la salida voluntaria; requiere el estudio sobre un posible muro fronterizo con Canadá; sitúa en 10 años la sentencia mínima por portación de documentos falsos; requiere un récord criminal -con garantía de estar fuera de la lista de terroristas- a cualquier extranjero que solicite la concesión del estatus legal; y establece una pena no menor a tres años de cárcel para quienes hospeden a indocumentados.Además, la Ley añade los delitos de trata y tráfico al estatus de lavado de dinero; incrementa las penas por emplear a extranjeros indocumentados a 7 mil 500 dólares en el caso de la primera denuncia, a 15 mil en la segunda y a 40 mil en las subsecuentes; prohíbe prestar ayuda a los indocumentados y aplica, a quienes conscientemente desobedezcan este mandato y ayuden al reingreso de un indocumentado, la misma pena de cárcel que le corresponde a ese inmigrante. Y aunque esta última disposición apunta hacia los traficantes, tal y como está redactada en la Ley, también afecta a las iglesias a instituciones de caridad y a vecinos que ayudan a los indocumentados proporcionándoles comida, ropa y refugio.El Comité Judicial del Senado aprobó posteriormente otro proyecto de ley, que intenta incorporar tanto medidas de seguridad como algunos mecanismos para regularizar la presencia de algunos indocumentados, además de un programa para trabajadores huéspedes. Pero ese proyecto debía compatibilizarse con lo establecido en la Ley Sensenbrenner, tarea en extremo espinosa, más aún con las señales que el gobierno estadounidense emitió en respuesta a las multitudinarias manifestaciones de protesta de los inmigrantes, acompañados de los grupos que les brindan solidaridad.Pocas voces discordantesEl contragolpe del gobierno de Estados Unidos, tras las manifestaciones de millones de inmigrantes, llegó en varias formas. Entre las medidas de aplicación inmediata, no faltó la represión. Así lo denunció el sociólogo James Petras: La policía de inmigración ha aumentado las detenciones masivas en los lugares de trabajo, intentando provocar un clima de intimidación. Durante la semana del 21 al 28 de abril, el jefe de la Homeland Security Agency, Michael Chertoff, dirigió la detención de 1,100 trabajadores indocumentados en 26 estados.Posteriormente, el 15 de mayo el Presidente Bush ordenó el despliegue de 6 mil efectivos del ejército sobre la frontera con México para reforzar a las patrullas fronterizas en su persecución de indocumentados. Dos días después, con 83 votos a favor y solamente 16 votos en contra, el Senado aprobó la construcción de una barrera de tres vallas a lo largo de 595 kilómetros de la frontera y una barrera de 804 kilómetros para bloquear el tránsito de vehículos entre ambos países. También aprobó una enmienda, que excluye de un eventual programa de legalización a los extranjeros indocumentados con antecedentes criminales, considerando entre éstos a quienes han cometido tanto un delito grave como tres delitos menores.El vecino del sur, el gobierno mexicano comandado por Vicente Fox, justificó el muro y el despliegue militar como una medida que brinda seguridad a los migrantes. Seguramente Fox pensaría en los migrantes de cuello blanco. Pocas voces discreparon. Pocas se dejaron oír. Y algunas lo hicieron con argumentos de doble filo. Incluso cuando un pensador como Jorge G. Castañeda señaló la inutilidad de la construcción de un muro en la frontera México-Estados Unidos, planteó los conflictos alrededor de la migración de latinoamericanos hacia el Norte principalmente en términos de las relaciones de México con Estados Unidos -excluyendo de un rol protagónico a otros países latinoamericanos- y abogó por políticas que restrinjan el tráfico de migrantes. Dice Castañeda: México debe asumir la responsabilidad de regular ese tráfico, lo que significa algo más que sellar su frontera sur. El gobierno podría, por ejemplo, duplicar los pagos de seguridad social a los hogares donde sea el hombre quien se queda en casa, amenazar con revocar los derechos de reforma agraria después de años de ausencia de las comunidades rurales y establecer puntos de estrangulamiento en las carreteras en el istmo de Tehuantepec. En la versión de Castañeda, el muro físico debe sustituirse por una barrera que combine políticas de “palo y zanahoria” con operativos policiales.La identidad estadounidense amenazadaUn país que se rodea de murallas y se atrinchera tras medidas paranoicas no parece muy en consonancia con su autoproclamada devoción por la libertad. El discurso y las políticas migratorias estadounidenses han descrito un giro notorio, en el que coinciden con muchos otros países desarrollados receptores de migrantes. El sociólogo estadounidense Immanuel Wallerstein comenta este giro: Cuando la Unión Soviética no permitía a sus habitantes emigrar libremente, se le acusaba con indignación de violar los derechos humanos. Pero cuando los regímenes postcomunistas permiten a la gente emigrar sin restricciones, inmediatamente los países más ricos imponen barreras a su entrada.Se resucitan y se ondean entonces todas las maledicencias sobre los inmigrantes. Wallerstein las agrupa en dos bloques: 1) Que reducen los niveles de ingreso de los nacionales al trabajar en empleos poco remunerados y obtener beneficios de los programas de asistencia del Estado, 2) Que representan un “problema” social, ya sea porque son una carga para los demás, porque son más propensos al crimen o porque insisten en conservar sus costumbres y no logran “asimilarse” a los países receptores.Esas percepciones y quejas son el ante-proyecto del kilométrico muro que se va a construir. Las murallas físicas necesitan murallas ideológicas. Explotando la fama adquirida con The Clash of Civilizations and the Remaking of the World Order, hace poco más de un año el profesor de Harvard Samuel P. Huntington lanzó al público otro libro: Who are we? The challenges to America’s National Identity, una extensa disquisición sobre la identidad estadounidense y sobre cómo se encuentra amenazada por los masivos flujos migratorios de latinos. Digamos que es la versión culta y la cristalización en forma de argumentos de los temores suscitados por la avalancha de latinos. Tiene la virtud de ser una presentación condensada de las objeciones a la migración de latinoamericanos. Por ello, merecen ser consideradas atentamente por quienes en nuestros países -emisores de migrantes- están elaborando propuestas de políticas y de cabildeo. Esas propuestas deben tener presente cómo piensan los estadounidenses sobre su identidad, sobre las migraciones en general, y particularmente sobre las migraciones de latinos.Una identidad que ha variadoHuntington sostiene tres tesis. Empieza reconociendo que el interés por la identidad estadounidense ha variado a lo largo de la historia. Sólo tardíamente, en el siglo XVII, los colonos británicos se identificaron a sí mismos no únicamente como residentes de sus colonias individuales, sino también como americanos. Después de la independencia, la idea de una nación estadounidense se fue imponiendo gradualmente. En el siglo XIX, la identidad nacional fue preeminente, comparada con otras identidades, tras la Guerra Civil, y el nacionalismo estadounidense floreció durante el siguiente siglo. En los años ‘60, sin embargo, las identidades subnacionales, binacionales y transnacionales comenzaron a rivalizar y a erosionar la preponderancia de la identidad nacional. Los trágicos eventos del 11 de septiembre trajeron de regreso la identidad nacional al proscenio: cuando los estadounidenses sienten que su país está en peligro son más propensos a identificarse con su país.El credo estadounidenseA lo largo de los siglos -continúa Huntington, como segunda tesis-, los estadounidenses han definido la sustancia de su identidad en términos de raza, etnicidad, ideología y cultura. Ahora, raza y etnicidad son ampliamente eliminadas: los estadounidenses ven su país como una sociedad multirracial. El credo estadounidense, formulado por Thomas Jefferson y elaborado por muchos otros, es mayoritariamente visto como el elemento crucial que define la identidad estadounidense. Este credo, sin embargo, fue el producto distintivo de una cultura anglo-protestante de los colonos que llegaron a América en los siglos XVII y XVIII.Los elementos clave de esa cultura incluyen la lengua inglesa, el cristianismo, el compromiso religioso, los conceptos ingleses del Estado de derecho, la responsabilidad de los gobernantes y los derechos individuales, así como los valores protestantes del individualismo, la ética del trabajo y la convicción de que los seres humanos tienen la capacidad y el deber de crear un paraíso en la tierra. Históricamente, millones de inmigrantes fueron atraídos a Estados Unidos por el imán de esta cultura y por las oportunidades económicas que construye. Así, Estados Unidos no es una nación de migrantes, sino de colonos que llegaron a construir el Reino de los Cielos en esa tierra.La cultura anglo-protestanteLa tercera tesis sostiene que la cultura anglo-protestante ha sido central para la identidad de los estadounidenses a lo largo de tres siglos. Según innumerables observadores han reconocido, esa es la base común que distingue a los estadounidenses de otros pueblos. A finales del siglo XX, la importancia y la sustancia de esta cultura fueron retadas por una nueva ola inmigratoria proveniente de América Latina y Asia, por la popularidad en círculos intelectuales y políticos del multiculturalismo y la diversidad, por la diseminación del español como segunda lengua estadounidense y las tendencias hispanoamericanas de la sociedad estadounidense, por la afirmación de identidades grupales basadas en raza, etnicidad y género, por el impacto de las diásporas y de los gobiernos de sus países de origen; y por el creciente interés de las élites por las identidades cosmopolitas y transnacionales.Todas estas tendencias constituyen un reto para el idioma inglés y para el credo y el núcleo cultural estadounidense. Son retos a la identidad. Los latinos son particularmente peligrosos porque son demasiados, son católicos y mantienen su lengua y porque sus matrimonios endógenos y otros rasgos no propician su asimilación al credo estadounidense y a la cultura anglo-protestante. Son una perturbación cultural que podría deformar el ethos que hizo de Estados Unidos la gran nación que actualmente es.En respuesta a estos retos, la identidad estadounidense podría orientarse hacia: 1) unos Estados Unidos basados en el credo estadounidense, carente de un núcleo cultural histórico y unido sólo por el compromiso con ese credo; 2) unos Estados Unidos bifurcados, con dos lenguas, español e inglés, y dos culturas, la anglo-protestante y la hispana; 3) una nación exclusivista, nuevamente definida por raza y etnicidad, que excluye o subordina a quienes no son blancos y europeos; 4) unos Estados Unidos revitalizados que reafirman su histórica cultura anglo-protestante, su compromiso y valores religiosos, y se enfrentan a un mundo nada amistoso; y 5) una combinación de éstas y otras posibilidades.Un ladrillo ideológico para el muroHuntington no ha sido el primero en destacar el papel determinante del credo fundacional y de los primeros colonos. Uno de los máximos contribuyentes a la leyenda rosa del sistema estadounidense, Alexis de Tocqueville, llegó al extremo de afirmar: “Creo que puedo ver todo el destino de América contenido en los primeros puritanos que desembarcaron en estas costas”.¿Es posible determinar la veracidad de esta afirmación? ¿Podemos describir de modo concluyente la identidad de un pueblo? El problema de las identidades -dice el analista Fernando Escalante Gozalbo- siempre será un tema confuso, discutido, difícil de manejar, no porque sea en sí mismo más complejo que otros, sino porque las identidades son por definición imaginarias y pueden construirse echando mano de cualquier cosa. El problema puede resumirse en una frase: hablar sobre la identidad es hacer política. Algunos han mencionado que las reacciones huntingtonianas son un desplazamiento hacia el plano cultural -más susceptible de manipulación sentimental alrededor de nostalgias y temores al otro- de problemas económicos que se evaden.En cualquier caso, es razonable tomar el escrito de Huntington como una manifestación sintomática de cierto sector político -el sector que aprobó la Ley Sensenbrenner nada en el mismo caldo-, como una elaboración ideológica al servicio de las posiciones menos amistosas hacia los migrantes, como la cristalización verbal de una emotividad a veces altamente perniciosa. En definitiva, como un ladrillo ideológico del muro con el que algunos legisladores aspiran a sellar la frontera con México. Se trata de una elaboración con la que hay que discutir y que debe ser tenida en cuenta por las estrategias de cabildeo porque es la formulación académica de un rechazo que en otros ámbitos se expresa en redadas policiales o en hostigamiento racial. Las tesis de Huntington merecen ser tenidas en cuenta en el diseño de políticas y operaciones de cabildeo de los países latinoamericanos.¿Somos una amenaza porque somos demasiados? Respondámosle a Huntington



2 comentarios:

  1. hola
    pues aqui andoo
    bueno pues tu informacion esta muy bien la verdad, bueno pues cuidate.

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  2. AM TU INFORMACION ESTA
    MUY BIEN EL TEMA ES MUY
    INTERESANTE SIGUE ASI PORQUE
    TODO ESTA MUY BIEN EXPLICADO
    Y LAS IMAGENES SON BUENAS...
    PASA POR MI BLOG.
    BAY :) PERO ESTA MUY LARGO...

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